lunes, 12 de mayo de 2008

CLASES DE LOS MAESTROS 1: MONTERROSO

Buenos noches, amigos del MURCIÉLAGO.

Abrimos esta segunda semana de vida de nuestro Blog de relatos con una nueva sección:

“LAS CLASES DE LOS MAESTROS”

Mi intención es ir colgando las impresiones, teorías y consejos de los maestros del relato. Algunos de vosotros, contadores de historias, las habréis leído, otros más profanos no. En todo caso es una lectura interesante para todos los públicos.

Para los que pretenden escribir pueden convertirse en un faro en la niebla, facilitar la comprensión de la lógica y el sentido de la narrativa, así como esclarecer aspectos relativos al tema, al objetivo final del relato, a descubrir que forma y contenido van estrechamente ligados.

Para los más hedonistas (y a menudo los más sabios), los lectores, podría significar una oportunidad de clarificar todo aquello que, de alguna forma habían pensado al leer tal o cual relato, pero que nunca habían sido capaces de formular con palabras, la posibilidad de abordar la lectura desde otro ángulo, insospechado hasta ahora.

Empezaremos con AUGUSTO MONTERROSO, sin duda el escritor de microrelatos más famoso de todos los tiempos. Su relato del dinosaurio ha sido estudiado hasta la saciedad y supone un hito en el género: la historia está presente en lo que se lee, pero está aún más presente en lo que no se lee.

Por supuesto, vuestro amigo el MURCIELÁGO ROJO os recomienda sus microcuentos. Hay antologías y ediciones para todos los gustos y bolsillos, sólo tenéis que acercaros a vuestra librería favorita y preguntar por Monterroso.

Pero centrémonos en las teorías del relato. Aquí os dejo con la brillante ironía del


Decálogo del escritor
Por Augusto Monterroso

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.


Y ahora, amigos míos, id en paz. Yo voy a colgarme, como siempre, para que la sangre me riegue el cerebro. Mañana, además de colgarme yo, colgaré mi relato número 3.

Por que no olvido mi promesa: ¡UN CUENTO A LA SEMANA!