jueves, 3 de julio de 2008

RELATO 8: "LA CAJA DE LOS AMORES PERDIDOS"

Buenas tardes, amigos del murciélago.

Algunos os estaréis preguntando porqué he tardado tanto esta semana en hacer acto de presencia. Es por el calor. Los murciélagos salimos de noche y dormimos de día, y por el día no hay quien encuentre un lugar fresco y cómodo para echar una cabezadita, el bochorno es mortal. Así que el agotamiento me ha tenido ocupado unas pocas noches y, en vez de escribir me he quedado roque.

Sí, algunos diréis: “¡ponte aire acondicionado, tío rata!”, pero, ey, ¿os creéis que este murciélago saca algo de su arte? Nooo, el murciélago regala sus cuentos a sus amigos fieles, más que nada porque nadie los compra. Nada de aire acondicionado de momento, muchachos.

Pero a lo que vamos. Esta semana quiero seguir con el tema del relato fantástico. En este caso os traigo un relato que, como todos, tiene su propia historia.

Las aventuras de Arístides Ngabi nacieron en el club de amantes del relato que he frecuentado durante más de tres años. En el “club” nos poníamos constantemente a prueba, intentando abordar géneros que nunca habíamos tocado a base de establecer premisas, algo bastante común en los talleres literarios. En este caso, la premisa era la siguiente: tenía que ser un relato fantástico en el que las palabras “caja” y “cordones de zapato” tuvieran relevancia en la trama (no se trataba sólo de que aparecieran metidas con calzador, eso sería trampa). En aquel momento me quedé algo bloqueado. Empezaron a pasar los días y no encontraba solución al reto.

Sin embargo, hacía tiempo que quería tratar el tema de los celos en un relato. Y pensé ¿Porqué no hacerlo en uno fantástico o de terror? Así que ya tenía una pieza del rompecabezas; sabía de qué quería hablar. Pero no sabía como armar la historia. Necesitaba algo curioso, algo que “a priori” no tuviera nada que ver con el tema del cuento, porque es así como a menudo nacen los relatos.

La solución la trajo la providencia. Como fetichista de historias que soy, voy coleccionando recortes de periódico curiosos, anuncios y otras chorradas que me llaman la atención. En dicha colección tienen un buen peso la siguiente clase de folletos:


Sí, seguro que os los han repartido en el metro alguna vez, o los habéis encontrado agazapados en la oscuridad de vuestros buzones, esperando su oportunidad. Tanta gracia me hacía esta publicidad, que mis amigos empezaron a traerme más y más anuncios, y siempre nos echábamos unas risas con aquello de “poner a tus enemigos a tus pies”.

Así que cuando, volviendo para casa, un africano negrísimo puso en mis manos uno de estos, me sacudió lo que yo llamo un “cortocircuito”.

De repente, dos historias que llevaban tiempo dando vuelta en mi cabeza, encajaban la una con la otra. Supe entonces que, si no las había escrito antes, era porque la una sin la otra no tenían sentido. ¿Curioso, no? Pero si algún contador de historias está leyendo esto, sabrá de lo que hablo.

Independientemente de que la historia resultante sea buena o mala, el “cortocircuito” es un momento mágico. Es como un orgasmo creativo.

Y así nació el bueno de Arístides, del que iré colgando aventuras de vez en cuando.

Creedme, hubiera sido taaaan fácil escribir un relato humorístico, que me obligué a hacer todo lo contrario, aunque el resultado pudiera quedar algo extraño.

Juzgad vosotros mismos:

LA CAJA DE LOS AMORES PERDIDOS

“[…] Asentí en silencio. Me levanté y caminé hacia mis estanterías, siempre repletas. Soplé sobre los botes de cristal y el polvo se levantó huyéndole a mi aliento. Aparté unos batás, la bolsa hermética de putré haitiano y el bezoar que le compré a aquel buhonero caló en uno de mis viajes. Así, después de algunos reniegos y de hacerme la inútil promesa de poner un poco de orden en aquel almacén en cuanto tuviera tiempo, encontré la cajita.

Volví a la mesa y se la puse delante al hombre que olía a sangre. Él la miró con curiosidad escéptica. Esa cajita, que aún conservo celosamente guardada, se talló con la madera de un árbol sin nombre que crece en Zambia, y que al ser cortado expele un líquido oscuro como la sangre que deja ciego al desgraciado al que alcanza. En la parte superior y todo alrededor de la tapa, plegadas unas sobre otras como serpientes, hay grabadas ciertas frases en un dialecto que muy pocos sabrían descifrar. Así dicen:

“Lo que veas aquí,

Cuando te vayas de aquí,

Déjalo que se quede aquí”

Cogí la cazuela de porcelana donde duerme mi Orisha y la coloqué cerca de mí. Regué al protector con leche de coco y encendí una vela, que se apagó por dos veces hasta que, por fin, prendió a la tercera. Mi cliente miraba la caja.

- ¿Qué es?- me preguntó.

- Es la caja de los amores perdidos- le contesté. Y dicho esto la abrí. […]”



DESCARGA EL RELATO COMPLETO CLICKANDO AQUÍ:

LA CAJA DE LOS AMORES PERDIDOS



Y por hoy ya está. Espero que os guste a pesar de todo y que se lo regaléis a todos vuestros amigos. Tan fácil como enviar un simple mail.

Ahora voy a ver si me vuelvo a mi guarida. Apenas he salido un rato y ya me derrito. Espero que la noche sea fresca y fragante como el aliento de una virgen.

No os olvidéis de volver la semana que viene. Prometo comprame un Pay-pay y sobrevivir para colgar...

¡UN CUENTO A LA SEMANA!

1 comentario:

El Maestro Pelínkano dijo...

Un buen personaje, digno de toda una colección de relatos. Bueno, muy bueno, de verdad.